Esta semana pasada tuvo lugar el curso de verano de “Vivir un día en Roma. Un día en una ciudad romana”, en Mérida, al cual tuve la gran suerte de asistir. Para los que conozcáis Mérida, sobran palabras, y para los que no ya os está faltando tiempo, si necesitáis voluntarios yo me apunto otra vez. Mérida es una ciudad pequeña, con un casco antiguo bonito, que recorres con presteza, pero donde no importa perderse porque te encontrarás con algo interesante en cualquier momento, tras una esquina, a mitad o al final de la calle. Así que mejor no os llevéis ningún mapa, y si acaso preguntad para volver al hotel, cosa que deberíais hacer muy tarde y bajo cansancio extremo únicamente – Icaro dixit- . Aparte, Mérida es una ciudad muy contemporánea,y lo digo en sentido actual, no nos vayamos al siglo XIX,  hay vida en sus calles, gente, comercios, y terrazas donde la cerveza llega al instante y bien fría con una buena sonrisa (esa va por ti Andrés, jaja). El turismo tiene una impronta potente, y eso se nota en el carácter acogedor. Y en fin, quizás se me aparecieron unos cuantos dioses pero, para ser julio y Mérida con todo lo que conlleva,  os puedo asegurar, y sino ya me las habré con Plutón en el Tártaro, que dormí tapado y que para ver la obra a la que fui en el teatro romano, donde mis posaderas entraron en contacto con el opus caementicium (no olvidéis llevaros un cogín, no es necesario tanto fervor histórico) me llevé una chaqueta, porque corría un biruji espléndido.

No os cuento nada de lo que allí vi, porque quisiera mantener tanto como sea posible parte del misterio y de la emoción de descubrir las cosas, ese niño que llevamos dentro, para cuando sea que decidáis emprender el viaje. Sólo os dejo una sensación del primer día en que estuve allí. Paseando llegué hasta el jardín de entrada al Teatro Romano, y allí después de una ligero vistazo vi un trenecito turístico de color verde, no sé deciros si se parecía más al tren de la bruja o una gua-gua playera; relizadas las pertinente negociaciones con el consejero delegado del mismo (un chaval con gorra  y riñonera “fashion victim”) procedí a montarme en el mismo por 2 euros. Es una chorrada como un templo, pero por 2 euros, en 5 minutos sientes que estás en un sitio distinto, y el viaje se prolonga una media hora. Yo iba solo (si bien en el curso encontré rapidamente a unos cien locos más, el ambiente fue magnífico) y divago mucho, pero si podéis ir acompañados de alguien con capacidad de emocion y asombro, será una experiencia única, y no es necesario saber nada de Historia, en sitios como este la Historia te hace partícipe en un instante.

Un saludo.

5 Comentarios

  1. Bueno, sólo por esas cervezas que mencionas, seguramente servidas por un cañón de camarera, ¿me equivoco?, jajajajaja, ya merece la pena, vale, dejo las cervezas, y de la camarera no digo más, que al final todo se sabe, jajajajajaja.

    Venga, ahora sin coñas, joder, si un reportero del National Geographic no le habría dado mejor estilo, me alegro un montón de que hayas disfrutado, que se nota que así ha sido, ¡qué envidia!, sana, por supuesto, si te apuntas, te nombramos guía jefe y hacemos todos una escapada el año que viene. Y si se está fresco, pues de lujo.

    Pensé en apuntarme a uno de los cursos vía web, pero al final, nada de nada, esperaremos al próximo que organice Mari Carmen.

    Un saludo.

    Andrés.

  2. Que envidia me das verte hay como un espectador de la historia de Roma, aprovecho para proponer una quedada en Los Alcázares para visitar el cabezo gordo donde se han encontrado restos del Neardental murciano, hay que pedir cita para ver el centro de interpretación, haber los que somos y ya me encargo yo de solicitarlo. Un Saludo de Martín.

  3. Hola Martín, me alegro de verte por aquí de palabra, pues de imagen eres el primero en las fotos, creo que tienes club de fans ya, jaja. Aquí tienes un voluntario ya para la expedición. Aunque la otra noche juraría haber visto un par de esos neandertales de copas, espero que este sea más civlizado.

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